AÑORANZAS DEL PASADO ORIHUELA Y SU ESTACIÓN DE FERROCARRIL. Por Ramón Moreno

De tarde en tarde la mente se puebla de recuerdos, y en este caso, de Orihuela y de su estación de ferrocarril.

Sin duda el camino de hierro trajo prosperidad y comunicación a una ciudad adormecida en el pasado cargado de historia, y nada mejor ante la nueva perspectiva, despertar las energías y salir de los ensueños. Para profundizar en el pasado de nuestra ciudad  hay que leer Nuestro padre San Daniel   y El obispo leproso, de Gabriel Miró. Sin duda estas obras no hubieran sido escritas sin relación con el ferrocarril.  Esta ingente obra alivió la economía de nuestra comarca, empleando obreros de la ciudad, del campo y de la huerta, y además, con la feliz llegada de un ingeniero de Obras Públicas llamado D. Juan Miró. Este señor, a consecuencias de la prolongación de las obras, tuvo necesidad de buscar  alojamiento en una de las llamadas “posadas”, que también servían a carruajes y bestias. La larga   convivencia con los posaderos dio lugar a fijarse en una joven y laboriosa moza hija de los mismos, llamada Encarnación Ferrer, con la que contrajo matrimonio.  De esta unión nacieron dos hijos: el primero llamado Juan, y el de extraordinaria sensibilidad artística como brillante prosista de la lengua castellana, nuestro Gabriel Miró.

   La influencia de la madre, como oriolana, determinó que sus hijos estudiaran en el Colegio  de Santo Domingo, de reconocido renombre fuera de la comarca. La severa y disciplinada enseñanza de los jesuitas con el ambiente clerical, señorial junto artesanos y labriegos, culminó profundamente en su espíritu y fue reflejado en El obispo leproso.

   La estación de ferrocarril, por muchos años, fue emporio de contratación comercial y salida de la ciudad y huerta de cuanto en ellas se producía.  El barracón del muelle lleno de mercancías; el incesante ruido y movimiento de la carga y descarga de carros y camiones en los vagones, ayudados por los obreros ferroviarios; el ir y venir de las personas en los despacho de la estación, con el agobiado trajinar de los factores; los desplazamientos de las máquinas de vapor avanzando y retrocediendo –llegando hasta la carretera de Hurchillo- para acoplar los vagones de mercancías; y por último, los viajeros que esperaban  a los trenes que llenaban de agua los depósitos de sus máquinas.  Este abigarrado movimiento contrastaba con la quietud de la ciudad solamente alterada por las campanas de sus torres.

   Entre la estación y la ciudad se hallaban los conocidos “andenes”, el primero junto a la Glorieta, y el segundo, despoblado al principio, podía verse la amplia huerta hasta llegar a la estación.  Estaba dividido en tres partes: el del centro para vehículos y el de los lados como paseos públicos, cubiertos de cuatro hileras de altos y robustos árboles, que prestaban sombra en el verano y sol en el invierno.

Siempre habitado por gentes de todas las edades, aparte del ruido producido por las galeras de los “Roches” o el camión de un hotel.

   También era paseo los días de fiesta los estrechos senderos lindantes con los raíles del tren. Se caminaba para degustar las sabrosas y frescas lechugas que se criaban en los bancales cercanos: las comían con avidez sucias sin reparar de estar abonadas con excrementos humanos, ni hacer ascos a los animalillos adheridos en el interior de las hojas.

   En la década de los años  treinta surgió la alarma e indignación en las personas habituales al paseo, al ver aserrar por dos hombres los frondosos árboles.  Comentaban con ironía: “El Ayuntamiento  con falta de dinero necesita vender la madera”.  Hoy todavía hay quien recuerda tamaño desafuero y guarda fotografías de la desaparecida arboleda.

   Han pasado muchos años con profundas variaciones: la pequeña estación se ha convertido en amplio edificio con servicio de trenes y autobuses.  Los andenes, después de varias modificaciones, en céntrico y cómodo paseo orillado de bancos y jardines con tupidas sombras de árboles jóvenes.  El  descampado y vistas de la vega, por una calle moderna de elevados edificios, donde se ubican modernos comercios, actividades sanitarias, cafés y despachos administrativos..

   ·Al anuncio del aparcamiento subterráneo ha saltado la voz de alarma, no solamente entre los vecinos sino en el resto de los oriolanos.  Esta posible obra de gran envergadura y de larga duración tendría los siguientes perjuicios:

-Se terminaría el paseo de jóvenes y ancianos.

-La sombra de árboles en la canícula del verano.

-La venta de los comercios y el parón de otras actividades.

-La circulación de vehículos.